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Festival de Cine Internacional del 11 al 14 de abril en la USC

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El uso adecuado de las palabras

Por: María Vaquero* (2005)

Paciente lector:

Si usted se dispone a leer estas líneas, es casi seguro que suele abrir el diccionario para buscar alguna palabra. Y digo “casi seguro” porque, generalmente, quien lee necesita entrar en ese almacén alfabetizado del idioma, tantas veces necesario. Y es muy posible que, en más de una ocasión (si no le ha llegado, ya le llegará), se sorprenda usted al encontrar, entre las inocentes, cultas, sabias y útiles palabras de nuestro académico almacén (me refiero al último Diccionario de la Lengua Española, de 2001), algunas no tan cultas ni tan inocentes, aunque sí tan sabias y expresivas…Y es que, mire, las palabras pueden ser todo lo que se quiera menos tontas e inútiles.

Todo esto viene a cuento porque nuestro diccionario se está haciendo cada día más sabio. Y se está haciendo sabio porque han cambiado las actitudes oficiales de las Academias de la Lengua ante el idioma, dejando que los vientos de la sensatez ventilen las cabezas y desempolven el inventario poco a poco.

El siglo XXI se dirige a la redacción hispánica de diccionarios que no “autorizan” ciertas palabras y condenan otras, sino que “registran” las que son de uso. Su misión es, por tanto, ofrecernos todas las palabras que están presentes en el uso aceptado y general de los hablantes (teniendo en cuenta países, regiones, territorios más extensos o la totalidad geográfica), y no sólo aquéllas que dependen del respaldo literario o de la autoridad intelectual más o menos reconocida. Que una palabra aparezca hoy registrada en el diccionario (aceptada, se decía antes), significa que se usa con gran respaldo de los hablantes, pero ¡ojo! No significa que su uso sea indiscriminado o que pueda aparecer en cualquier contexto. Dicho de otra forma: el diccionario registra la palabra usual, pero los hablantes debemos identificar la circunstancia comunicativa en que debe usarse: una palabra familiar está legitimada en el diccionario para el uso familiar, una palabra sentida como vulgar en la sociedad, está registrada en los diccionarios para dicho uso vulgar, etc., etc.  Estamos ante un concepto de uso totalmente nuevo en nuestra tradición académica, puesto que hoy recoge la realidad compleja del habla en su situación comunicativa. Según este nuevo concepto, todas las palabras en uso –con derecho a registro en el diccionario- no tienen la misma aplicación. Un usuario sabio, o al menos no ingenuo, debe estar alerta ante las circunstancias temporales, geográficas, sociales y estilísticas de cualquier término felizmente sentado en nuestro diccionario. “El uso es más poderoso que los Césares”, decía Horacio hace mucho tiempo, pero, ¡otro ojo!, el sabio latino hablaba del uso adecuado a la situación, no del que a uno le dé la gana.

Paciente amigo lector, sin salir de Puerto Rico y las Antillas: no se sorprenda usted de encontrar en nuestro Diccionario oficial palabras como agallú (agresivo), alicate (compinche), baba (palabrería), bembe (labio), canillera(tembladera), cheche (jefe),  culillo (miedo), emburujar (enredar algo), enfuncharse (enfadarse), entripado (empapado), julepear (embromar), pana (amigo), paquete (mentira), parejero (presumido)…Tampoco se crea que, por estar felizmente instaladas en el diccionario, pueden usarse alegremente: una de las estrategias del chiste consiste, precisamente, en olvidar estas restricciones. Piense en la caricatura festiva de una sentencia judicial expresada como sigue: “El juez absolvió al agallú de turno gracias al paquete del otro parejero, que era su alicate, y que lo emborujó todo con una baba que hasta daba canillera y culillo al cheche de la ganga”.

Usar un diccionario es tener en cuenta las dos cosas que las palabras esperan de nosotros con paciencia infinita: que las busquemos y que las pongamos en su sitio. No siempre se hace lo segundo.

*María vaquero es una especialista en lingüística con varios libros a su haber. Es secretaria de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española y  estuvo a cargo, con la Dra. Amparo Morales, de editar el “Tesoro Lexicográfico de Puerto Rico”, de próximo aparición.

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Polisemia sistemática

Aquellas palabras que tienen dos o más significados

 Por Maia Sherwood Droz/ columnalengua@gmail.com

 Todos sabemos lo que es la “polisemia”.  Vamos, hagan memoria de sus clases de español…  ¡Efectivamente! 

La polisemia es el fenómeno por el cual una palabra puede tener dos o más significados.  Su etimología es transparente: “poli’” significa ‘mucho’ y “semia” se refiere al significado.  Una palabra que tiene múltiples significados se llama “polisémica”.

Veamos algunos ejemplos de palabras polisémicas: “sierra” puede ser ‘herramienta para cortar madera’ o ‘parte de una cordillera’; “falda” puede ser ‘pieza de vestir’ o ‘parte baja de un monte’; “barra” puede ser ‘pieza cilíndrica de metal’ o ‘mostrador de un bar’ o, en Puerto Rico, el bar mismo.

La polisemia no es la excepción, sino la norma: la mayoría de las palabras son polisémicas.  Lo comprobamos en el diccionario, donde bajo cada palabra se registran, usualmente, múltiples sentidos.  Las relaciones entre los sentidos a veces se dejan entrever, por ejemplo, “letra” puede ser ‘unidad del alfabeto’ (“la letra A”), ‘caligrafía’ (“tiene buena letra”) o ‘texto de una canción’ (“qué romántica es esa letra”).  Podemos imaginar cómo un sentido da pie al otro y al otro. 

Ahora bien, hoy no escribo de la polisemia conocida, sino de otra que los lingüistas llaman “polisemia sistemática” o “regular” o “lógica” y que ha cobrado interés en las últimas décadas.  Esta polisemia se manifiesta en palabras cuyos sentidos varían de maneras sistemáticas.  Aunque normalmente esos sentidos no se registran en los diccionarios, los hablantes los percibimos perfectamente.

Un primer ejemplo son las palabras que pueden designar un contenedor, pero también lo contenido, por ejemplo, “vaso”.  Cuando digo “compré seis vasos”, me refiero a los contenedores.  Pero cuando digo “me tomé el vaso de agua”, me refiero al contenido.  Y, si hilamos más fino, también podría significar la cantidad contenida: “debes tomar cuatro vasos de leche fresca al día”. 

La variación de contenedor a contenido ocurre del mismo modo con otras palabras, como “tanque”, “jarra”, “copa”, “maleta”, “cubo”, “canasta”, etc.  Veamos los dos sentidos con “tanque”: “Echa la gasolina en el tanque” (contenedor), “Al carro le queda medio tanque de gasolina” (contenido).

Un segundo caso lo ilustran palabras como “puerta” y “ventana”, que pueden significar el ‘objeto físico’ (“La puerta tiene polilla”, “La ventana es de cristal”) o la ‘apertura’ (“La puerta está cerrada”, “Juan escapó por la ventana”). 

Las palabras “banco”, “escuela”, “universidad”, etc. ejemplifican otro caso de polisemia sistemática.  Pueden nombrar un edificio concreto (“Están pintando la escuela”), un tipo de institución (“La universidad se establece en la Edad Media”) o una institución específica ( “El banco se fue a la quiebra”).

 Palabras como “periódico” pueden designar el objeto físico (“Se mojó el periódico”) o la institución editorial (“El periódico condenó la nueva ley”).  Otras, como “libro”, pueden nombrar el objeto físico (“¡Me cayó el libro en el juanete!”) o lo contenido en él (“Este libro es fascinante”).

¿Cómo es que estas palabras, a simple vista tan sencillas (“vaso”, “puerta”, “escuela”), se desdoblan en múltiples sentidos?  La magia ocurre a través de las combinaciones en que participa la palabra: los contextos activan un sentido u otro.   Por ejemplo, el verbo “mojarse” solo aplica a objetos físicos; así que cuando el periódico se moja, hablamos del objeto de papel.  Pero “fascinante” aplica más bien a un contenido, así que “un libro fascinante” se referirá a lo escrito en él.  Una frase como “Su último libro es precioso” es ambigua; necesitaríamos el contexto mayor para saber si se habla del encuadernado o del contenido.

La magia mayor es que toda esta variación semántica tan sutil está contenida en el idioma, y en nuestras cabezas, y no necesitamos ningún diccionario para reconocerla.  Mientras los lingüistas se rompen la cabeza estudiando la polisemia sistemática, los hablantes siguen, simplemente, manifestándola.

http://www.elnuevodia.com/polisemiasistematica-911417.html

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Gramática y política

Por José Luis Vega

Especial para El Nuevo Día

Comienzo con una anécdota extrema: se cuenta que Karl Krause, el influyente escritor austriaco, dijo, al estallar la guerra entre China y Japón, en 1937: “Si todos aquéllos que tenían el deber hubieran velado siempre porque todas las comas estuvieran en un buen lugar, Shangai no ardería en este momento”. Es una hipérbole que subraya la importancia social que Krause le atribuía al uso correcto y apropiado del lenguaje y al peligro que entraña su perversión y empobrecimiento.

¿Y quiénes tienen el deber de velar porque todas las comas estén en su lugar? Krause no hubiera dudado en responder que todo el mundo, pero hubiera destacado la responsabilidad de los periodistas, los políticos y los comunicadores, en general. Un comentarista dijo de Kraus: “Él descubrió los vínculos entre un falso imperfecto de subjuntivo y una mentalidad abyecta, entre una falsa sintaxis y la estructura deficiente de una sociedad, entre una gran frase hueca y el asesinato organizado”.

El análisis de la fraseología le permitió a Krause comprender y, en cierta medida vaticinar, la barbarie de Stalin, en Rusia, de Mussolini, en Italia y de Hitler, en Alemania. “Cuando las palabras se desvían de su sentido”, escribió, “comienza a reinar la impostura. Entonces la neurosis no está lejos. Todos dejan de creer en las palabras que emplean: el gobierno, los periódicos mienten, pero nadie es tonto y de ello resulta una descomposición de todo valor moral”.

Continúo con otra anécdota: el análisis del cabello de un joven legislador electo por el voto popular da positivo al uso de cocaína. Un día antes había pronunciado las siguientes palabras: “Jamás pensé que un suceso aislado me colocara aquí”. En esta oración “un suceso aislado” significa “uso de cocaína”, y la palabra “aquí”, es un adverbio de lugar que parece aludir más bien a algo que no se quiere pronunciar, “embrollo”, “aprieto”, “lío”, tal vez “vergüenza pública”.

Una versión de la oración oculta tras la pronunciada, ciertamente más honesta y corregida de paso en su conjugación, podría ser: “Jamás hubiera pensado que el uso ocasional de cocaína me colocaría en esta difícil situación”. Pero como es usual en política decir una cosa por otra, el atribulado legislador, aun con el resultado del laboratorio en mano, afirma: “De frente sostengo que no tengo problemas como usuario de drogas”. ¿Qué quiso decir? ¿Que no usa drogas o que, aunque las usa, no tiene problemas? Falsedad evidente en cualquier caso. Ya en el clímax de sus declaraciones al país, el extribuno afirma: “No puedo hacer sufrir más a mi familia, a mis compañeros y compañeras de delegación y a mi partido. Renuncio.” Interesante peripecia con la cual pretende convertir su falta en altruismo y convencernos de que renuncia por amor al prójimo.

El epílogo resulta anticlimático: “A todo mi querido pueblo le pido nuevamente perdón y le recuerdo que es de humanos caer y de valientes levantarse”. Remata así su pieza de oratoria con diluidas alusiones bíblicas que remiten, muy convenientemente, al deber correligionario de perdonarlo y a su condición de Cristo caído en desgracia electoral.

La intención no es hacer leña del árbol en tierra sino subrayar la importancia social del uso apropiado del lenguaje y los peligros profundos que entraña su manipulación tanto para quien la practica como para quien la consume. Y en este punto le cae el sayo no sólo a la institucionalidad política, también a la educativa, a la periodística y a la cultural en quienes recae la responsabilidad social de poner todas las comas en su sitio.

No se trata, por supuesto, de un llamado al purismo ni a la corrección pacata, sino de, al menos, sentir indignación cuando a las muertes de niños, mujeres y ancianos que resultan de un ataque militar se les llama “daños colaterales”. Sino de tomar distancia del intelectual preso en la jerga de su pedantería. Sino de declararle “cero tolerancia” a la corrupción lingüística en política. Sino de sentir en carne propia la angustia del desposeído de sí mismo que anda por la vida hablando a duras penas, buscando en el fondo de su impotencia las palabras adecuadas para decir lo que quisiera decir y no puede.

Tengo para mí que aún no acabamos de comprender el poder liberador de la gramática.

 

http://www.elnuevodia.com/voz-gramaticaypolitica-908911.html

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Medicina para el lenguaje

Imagen de promoción - Medicina para el lenguaje, STEM@LAD

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Let’s Talk! en LAB

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Dimite ministro de Defensa alemán tras ser acusado de plagio

Adjunto enlace a la noticia publicada por el periódico El País, respecto a la dimisión del ministro de Defensa alemán, Karl Theodor zu Guttenbergtras ser acusado de plagiar su tesis doctoral.

Dimite el ministro de Defensa alemán por plagiar su tesis doctoral

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